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sábado, 11 de abril de 2015

AQUELLOS TIEMPOS DEL BELACHAO



Dicen que la vida es una carrera de fondo, o un continuo aprendizaje, pero este vecino del mundo está convencido que nacemos con una especie de andamio mental, y lo único que hacemos durante toda la vida es ponerle aderezos a ese andamio, pero la estructura, nunca cambiará.

En el cine, por ejemplo, hay todo tipo de argumentos, de ambientaciones; como el pasado, el presente, el futuro, pero normalmente la estructura que prevalece es, la famosa “chico busca chica”, aunque ahora pueda haber diversas variantes como “chico busca chico”, “chica busca chica”, “replicante busca humano”, o “replicante busca a replicante”. Ese sería el andamio, y ya, todo lo demás, aderezo.

Nos pasamos toda la vida buscando, nunca se sabe el qué, ahí está la búsqueda, El Dorado, El unicornio azul, la perfección, incluso unos ojos que una vez creíste ver, pero al final si nos da tiempo, solo si nos da tiempo, volvemos a nuestras raíces.

Siempre me acordaré de esa escena en la película “Tiburón”, la noche anterior al gran día de pesca, el trío protagonista, completamente borrachos, hacen balance de sus vidas a través de sus cicatrices. Y uno de ellos, aunque no dice nada, se mira la cicatriz del apendicitis, su única cicatriz, con aire de haber echado a perder su vida.

Siempre recordaremos, el que ha tenido la suerte de vivírlo, aquellos años de la más tierna infancia jugando en el campo a orillas del río. El juego, muy sencillo: quién lanza la orina más lejos. Los tiempos del “belachao”, aquella canción de orígenes tan guerrilleros, y que nosotros ignorábamos. Nos gustaba por su cadencia ascendente, y ese sabor a victoria absoluta.

¿El futuro? El mejor de los futuros visto desde la orilla del ahora: 
Con el amigo de aquellas competiciones en el río, mostrándonos el pastillero, para ver quién lo tiene más grande y con mayor número de pastillas. Y al fondo, eso sí en un discretísimo segundo plano, una cajita de música abierta y una pequeña bailarina rodeada de espejos, contoneándose al ritmo de una lenta canción tocada con campanillas, un belachao pasado por el tamiz de los años y el cariño, menos victorioso y con más alma. 


Lo dicho, hay cosas que nunca cambiarán, y además, para qué, si nos sentimos realizados de una manera tan simple. 

*FOTO: DE LA RED

martes, 25 de noviembre de 2014

EL ANDAMIO DEL AMOR

No todo el mundo se despierta oyendo, a través de la ventana, toda una declaración de amor que, además, no es para él, es decir, para mí. Con el agravante de que vivo a unos cuantos metros de altura, y es difícil que alguien pueda mantener todos los días una conversación al lado mismo de la ventana de mi dormitorio.
Llevo varios días con  un andamio colocado junto  a la fachada de la casa, y los ruidos son incesantes. Aunque lo de esta mañana, la citada declaración de amor es algo diferente. 
Intentando disimular, inmediatamente he salido al balcón de la habitación de al lado, dando a entender gestualmente que necesitaba algo del armario. “La pareja” la formaban dos obreros con casco y arnés, al parecer un español, con acento andaluz, y el otro, sudamericano. No voy a comentar nada de lo que se han dicho porque en realidad tengo la sensación de que he robado una situación que no era para mí, pero entre cemento y plomada, y aprovechando que se encontraban aparentemente solos, se han dicho todos sus sentimientos, que al parecer eran muchos y acumulados.
Desde Hollywood siempre nos han acostumbrado a las películas en las que chico busca chica, o al revés, pero sin embargo, y muchos lo han ido entendiendo poco a poco, el amor tiene todo tipo de formatos.
Este vecino del mundo cada vez está más convencido de que las cosas no pasan por pasar, que el destino no da, digamos, puntada sin hilo, y quizás ese destino me haya despertado hoy para recordarme, que siempre es conveniente expresar sin ningún género de dudas los sentimientos.
Esos “te quiero” que te cuestan más que las angulas la víspera de San Sebastián. Hay que declarar lo que llevas dentro todos los días, entre otras cosas, y quizás desde un punto egoísta, porque nunca sabes cuándo va a ser el último. Y no conviene dejarse nada en el tintero, porque eso del Juicio Final, al final va a ser un camelo, entre otras cosas, porque seguro que si fuera así, los que tienen pasta y poder en este lado de la realidad, guardarían también para el otro, y al citado juicio seguro que iban rodeados de sus abogados, y el reparto de penas no iba de ser justo entre los poderosos y los de siempre.
¡Es curioso! Acabo de demostrar, y sin proponérmelo, que no hace falta ni teología ni filosofía para hablar del presunto más allá, con un poco de lógica es suficiente.
Al final, eso del cielo va a ser el timo de la estampita urdido entre el clero y los políticos, para que el resto de los mortales nos portemos bien y no causamos ningún tipo de desmán.
Siempre se ha dicho eso tan manido de que el fútbol es el opio del pueblo, pero al final va a ser la religión la que nos hace “portarnos bien” para ganarnos una parcelita entre nubes de algodón.
¡Bueno! Termino este texto, y después voy a recordar a La Nuri, mi sufrida, todo lo que le quiero, y que el edén debe de estar aquí y cada día, porque el resto son leyendas y territorios inexplorados.
Por cierto…, a vosotros también os quiero, y mucho.

*FOTO: DE LA RED