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martes, 18 de febrero de 2014

EN UN ABRIR Y CERRAR DE OJOS

Ayer haciendo uno de los gestos aprendidos en el siglo XX, el zapping, redescubrí a todo un actorazo como lo es José Sacristán.
Muchas veces olvidamos que hay vida detrás de la pequeña pantalla, aunque ésta sea de cuarenta y dos pulgadas, o más, y gente como el Señor Sacristán que lleva el veneno de los “cómicos” infectando irremisiblemente su sangre, y una larguísima carrera profesional, sigue viviendo, aunque nosotros apaguemos  nuestro aparato receptor, y no deseemos que nos cuenten “más películas”.
A este vecino le vino a la mente la triste historia contada en “Viaje a ninguna parte”, en la que Sacristán precisamente es uno de los protagonistas, y que viene a ser la parábola de la vida de un actor. La diferencia entre la realidad y la ficción, y la triste diferencia de rodar una película o montarse una película sobre la vida misma.
Estamos cansados de volver a acordarnos de grandes figuras de la escena en el momento de su fallecimiento, y que no habíamos vuelto a saber nada más de ellos durante muchos años. Lo cual no significa necesariamente que no hayan seguido trabajando en su terreno profesional, sino que las luces que enfocan la actualidad diaria, enfocaban hacia otro lado, no necesariamente mejor.
Y la actuación, salvo excepciones, no es un arte que se almacene, como puede ser la pintura por ejemplo, sino que se escribe y muere en el aire. Los gestos, la voz, vienen y van. Nacen y mueren en un instante. Aquí sí que se puede decir eso de “en un abrir y cerrar de ojos”, los mismos para los que nacieron, los ojos del espectador.
Por todo eso es una pena que maestros como Don José Sacristán, se prodiguen delante de nuestros ojos tan poco. Quizás en este caso sea porque ya esté más allá del bien y del mal, y haya llegado a la conclusión de que él y su familia, deban de ser los principales actores y espectadores de sus propias andanzas. Sabe, sin ningún género de dudas, de que ya no le queda nada por demostrar a nadie. Por eso, muy de vez en cuando, nos sigue perfumando con preciadas gotas del tarro de sus esencias, no para que nos acordemos de él, que seguro que no lo necesita, sino para hacernos ver, con sus magníficas interpretaciones, lo bien que nos conoce, lo bien que conoce al hombre.

*FOTO: DE LA RED