martes, 15 de enero de 2013

EL ARTE COMO SENTI-MIENTO


El otro día estaba con unos amigos arreglando el mundo con nuestra cháchara, y ya los temas se iban diluyendo cuando se me ocurrió decir con una cara muy seria, que a mi no me gusta ver una película porno empezada porque luego no se de qué va.
Aunque mis amigos ya me conocen, y saben que de vez en cuando, como ellos dicen, digo cosas raras, al principio hubo unos segundos de silencio total, y para facilitar la transición comenté que eso lo había dicho Woody Allen. Como ya lo esperaba, comenzaron a reírse mientras exclamaban: ¡Qué bueno!
Recordando esa escena desde mi atalaya, he estado meditando sobre en qué momento una persona es reconocida en lo que hace.
Me explico, el otro día por ejemplo estuve viendo una exposición de pintura de Fernando Botero en Bilbao. Me gustó mucho, pero me hizo pensar sobre en qué momento se le reconoce a un artista como tal, que lo que hace es verdaderamente arte. Como nadie es profeta en su tierra, cuando era joven, algún familiar o conocido suyo seguro que pensó que aquel joven no iba a llegar a ningún sitio, porque pintaba todo exageradamente grande y de la misma manera. Incluso, más de una mujer pudo pensar que les estaba ridiculizando.
Eso sin mencionar que hay escenas religiosas en que a un Cristo crucificado le sobran muchísimos kilos, y en donde la palabra “irreverente” seguro que ronda la mente de muchos visitantes.
Por otro lado, cuando un artista ya está considerado, también se puede plantear hasta dónde el artista puede llegar, sin pasarse. Hasta dónde llega el arte, y dónde empieza la tomadura de pelo.
Recuerdo que hace unos diez años visité el Museo Guggenheim de Bilbao, y había una escultura presentada como “escultura en movimiento”, y eran un montón de caramelos depositados en el suelo, se especificaba la marca de caramelos porque además subvencionaba la exposición de la citada obra, y en la que el espectador podía ir cogiendo caramelos de uno en uno, y eso hacía naturalmente cambiar la forma de la presunta escultura.
Ese mismo día y en otra misma sala, el pintor americano, y también director de cine, Julian Schnabel, presentaba dos lienzos del tamaño de una pantalla de cine aproximadamente cada uno. En realidad cada uno de ellos constaba de muy pocos brochazos, pues eran de trazo grande y alargado, y sin embargo el título de cada una de las obras ocupaba unas dos o tres líneas, casi a línea por trazo.
Opinión muy particular de este vecino del mundo, es que empezamos a hablar de arte cuando al ver la obra, sea del tipo que sea, el espectador comienza a sentir algo, para lo cual no hace falta que el autor le dé pistas con el título. Como hubiera dicho mi difunta tía Leocadia, que se caracterizaba por llamar al pan, pan, y al vino, vino, sin tapujos: - Por eso quizás algunas obras están en museos, o en galerías, que tienen que ver más con el mundo del dinero, porque sientes vergüenza al verlas. Y eso ya es sentir.

*FOTO: DE LA RED

2 comentarios:

  1. Buenas noches Don Patxipe y por tanto breve,
    podría decirse que Botero es como el Greco actual de la dimensión horizontal.
    Ambos estiran.
    Juan Manuel.

    ResponderEliminar